sábado, septiembre 05, 2009

Una persona de mierda cap13

Hasta siempre

Débora tomó mi mano, dulcemente, en la oscuridad y me indicó que la siguiera. Bajamos lentamente de la colina, y la luz de la ciudad que se filtraba entre el follaje iluminaba intermitentemente sus facciones. Estaba seria, pero relajada.

Mientras bajábamos, recordaba nuestros primeros encuentros. Desde que ella tenía 14 y yo 23, cuando sólo por cumplir una apuesta conseguí acostarme con ella en su fiesta de cumpleaños; siempre fue receptiva, complaciente. Resistente a mi mierda, o tal vez, al no entenderla, era inmune. Siempre volvía, pese a todo.Ver imagen en tamaño completo

No puede decirse que yo la quisiera. Yo no experimento ese sentimiento banal. Comprendí tempranamente que eso que la gente llama “amor” es sólo satisfacción egoísta, por el dominio establecido mediante el sexo. Sin embargo verla ahora, era como despertar de un mal sueño. Ahora, no todo estaba mal.

Al bajar al nivel de la calle, reconocí el auto de papá. Ahí estaba él, viejo, derrotado, cansado. Pero estaba ahí. Me abrazó, pero no pude corresponderle.

-Sabía que te encontraría aquí. Demos un paseo.

Subimos los tres al auto, y papá salió por el camino que da hacia la carretera. Puso música, de la más anticuada de su colección. Pero aguanté. Estaba deprimido. De pronto comenzó a hablar:

-No puedo pedirte que vuelvas. Has hecho tu vida, o como se llame lo que haces, a tu gusto, y parece funcionar pese a todo… pero hijo, me parte el alma verte en ese estado.

Yo miraba a Débora, buscando su tatuaje, pero por alguna razón, no asomaba por ninguna parte. Papá siguió hablando:

-Creo que hay algo que debemos hacer; lo tenemos pendiente hace tiempo, y esta noche cerraremos ese tema… para siempre.

Llegamos a un callejón, donde al bajar, encontramos una entrada, una reja oxidada. Un vejete nos hizo pasar. Caminamos por un pasillo oscuro. El olor procedente del otro extremo gatilló algo en mi mente. Al salir, la noche era tranquila y clara. Una gran extensión de terreno oculta en la penumbra formaba un gran rectángulo. Al acostumbrarme a la poca luz, entendí que estábamos en el cementerio. Papá caminó, y lo seguí. Comencé a entender.

-Puedes seguir solo de aquí en adelante si lo deseas.

-Lo deseo

Caminé, y la brisa era fresca. Me detuve a unos cien pasos, cerca de una pileta de agua. Conocía tan bien el lugar. Algo parecido al dolor se anudó en mi garganta, y me sentí bien por eso, por primera vez en mucho tiempo sentía algo que no fuera mierda.

Leí la inscripción de la tumba, como no queriendo entender, pero entendiendo al mismo tiempo. Allí descansaba Débora, pero yo ya lo sabía. Estaba corroída por los gusanos allí abajo, y estaba a mi lado con su tatuaje horrendo. Me dijo:

-Lo he pensado bastante, y tengo que decir que me duele la forma en que eres conmigo. Tú me amas, y no lo reconoces. Tú me deseas, pero matas tu deseo con tu odio al mundo. Estoy cansada de ser tu calcetín de masturbación, y que sea yo quien te rescate cuando te pierdes en tu aislamiento.

-¿Puedo replicar?

-Adelante

-No te amo, eres mi calcentín masturbatorio. Siempre fuiste el analgésico, la última alternativa, el recurso de reserva. Te encuentro intelectualmente pobre, afectivamente incompetente, de autoestima baja e influenciable. No te presentaría a mi familia, me suicidaría si te embarazaras de mí y te considero una perra. Pero ya que estoy aquí, seré más honesto aún: ningún polvo se compara al tuyo. Y realmente te extraño, a pesar de todo.

Me miró fijamente, y una hermosa lágrima resbaló por su mejilla. Fue la escena más espantosamente cursi de la vida, pero la luna brillaba y su tez y ojos parecían bellos. Me besó, y su aliento era atún con cebolla.

-Supongo que es el adiós.

-Si.

Mi padre esperaba, con su silueta cansada. Miré a Débora y simplemente se fue, lentamente, igual como se aleja aquel que entrega limosna a un mendigo en la calle.

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Hichimiro Guajardo es columnista, editora y junior de GDM. Cobra los tres sueldos, y además es fanática de “Ghost las sobras del amor” y “Cementerio Palpito”

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lunes, julio 13, 2009

Una persona de mierda cap12

Ciudad de Mierda

El perro terminó de lamerle la salchicha al guatón, y tardó más tiempo del que yo hubiera querido. Demasiado grotesco, aún para mí. De modo que decidí, una vez más, alejarme, caminar, y pensar.

Nadie entiende el verdadero sentido de esta acción. Simplemente ven a un tipo alejarse, sin decir palabra. Tampoco entienden cuando aseguro que estaré en algún lugar al cual me invitan, y no llego. Me llaman, pero no les contesto. No estoy. Para todo el mundo soy el tipo que siempre tiene alguna otra cosa que hacer. La verdad es que no tengo nada. Y prefiero la nada, a regalarle a las personas algo tan superficial como mi presencia, sólo para darle algo de “sustancia” a sus reuniones sociales. Como si la calidad de una reunión se midiera por la cantidad de personas que asisten, homologando el hecho de juntar personas al hecho de juntar bolitas en una bolsa plástica.

Camino, y pienso que me gusta recorrer mi ciudad, calle por calle, y maravillarme de lo absolutamente mierda imgresque es. Y cada vez que lo hago, elijo una ruta distinta, pero acabo en el mismo lugar, porque vivo en la periferia, y cuando vives ahí, tu norte es el centro. Y en el centro, no hay nada. Así es mi ruta, una caminata hacia la nada, una agradable metáfora sarcástica, digna de ser contada.

Mi ruta comienza en la avenida Río Huaipe, que tiene dos costados claramente diferenciados: hacia el oeste, el espacio no urbanizado, con ovejas, caballos, vacas, condones, basura, hijos no deseados y orgías de vino y drogas. Un par de mediaguas emergen hacia el fondo, en una vive la Puta Vieja y su hijo, y en la otra no vive nadie desde que el lacho de la primera se suicidara a lo bonzo. Al menos eso cuenta el hijo de puta.

Al otro lado, la villa Los Pioneros. En medio de ésta emerge una torre de radio que viene provocando cáncer a los pobladores desde 1979. La gente se siente absolutamente orgullosa de esta torre, es una referencia obligada de la zona, incluso los pobladores la repintan anualmente con motivo de la fiesta de la Virgen del Carmen.

Caminas por la calle, y te acercas, sin muchas novedades, hacia el centro urbano histórico de la ciudad. Te das cuenta porque las construcciones son bajas y de estilo colonial, de adobe. El adobe es resistente a los terremotos, a los incendios y a las inundaciones, porque precisamente se fabrica a partir de la interacción de la tierra, el agua y el fuego. También ayuda la paja, que se usa para que los bloques se peguen. Entiéndase como se desee.

Como aún estás en la periferia, la gente está relajada. Es la dueña de las calles. En la esquina la vieja Julia aspira Neoprén, mientras conversa con doña Jacobina, al tiempo que atiende la botillería, un antro de mala muerte con moscas, dos garrafas y un mueble con snacks vencidos. Este local es lo único que le queda después de que su marido y dos hijos la abandonaran por huevona y borracha. Ahora comparte lecho con un retrasado mental por lo menos 30 años más joven. Difícilmente es capaz de sumar bien el vuelto cuando le compro la última petaca de pisco que le queda.

Sigo caminando, me restan 4 cuadras para llegar al centro. Éste consta de 4 Iglesias, un teatro abandonado, 2 bares horribles, y miles, miles de tiendas de ropa de guagua, porque en esta ciudad todos hacen guaguas. En invierno hace un frío de la puta madre, llueve, nieva y las comunicaciones se cortan. No hay agua, no hay luz, no hay TV y la radio sólo se escucha en AM. Así que lo único que resta es hacer guaguas. La hermana con el hermano, el perro con el gato, el caballo con el campesino y la vieja Julia con el vecino Juancho. No hay plata ni ganas para salir a comprar pastillas o condones así que hay hartas tiendas para guaguas.

Y llegamos al centro mismo, donde hay un monolito en el suelo que indica serlo. Tiene hasta las coordenadas geográficas. Hay una fuente con salmones, unos corrales con palomas, dos manzanos y una discoteque. En esta disco la gente entra uniformada. Todos usan la misma ropa, mismas marcas de “bluyines” camisa a cuadros, zapatos Caterpillar, y Jockey Maui. Todos compran en la misma tienda, la única multitienda de la ciudad, que tiene harta variedad, pero sucede que a todo el mundo le gusta la misma ropa.

Pero por sobre todo, en esta ciudad hay autos. De todas las marcas y colores. De todos los rangos de precios. Porque, aunque la ciudad mida cuatro cuadras, la gente anda en auto. Las avenidas, tan hábilmente planeadas por los arquitectos de hace cuatro décadas, miden 2 metros de ancho. Entonces, nosotros tenemos tacos (!) en horas peak (!). Lo irónico del caso, es que a pie el taco te lo saltas en 30 segundos.

Y esta misma ruta la puedo hacer en 360 direcciones. Y siempre hay algo digno de verse. Siempre algo de lo cual maravillarse, y exagerar al respecto. Porque no nos queda otra. O nos compramos un auto, para ir a comprar ropa donde todos los demás, emborracharnos donde todos los demás, culiar donde todos lo hacen, y así todos los días mientras los inviernos y los veranos desfilan en infinita sucesión… o abrimos los ojos y decimos: esto no es una ciudad, ni siquiera un pueblo, es un peladero lleno de gente estúpida y ciega, que aparenta lo que no es, que aspira ser algo que nunca será, que se ahoga en su propio vómito mientras el dueño de la tienda te dice: compra, compra, y tú compras y te quedas sin plata para la leña, para la comida; no hay trabajo, no hay educación ni oportunidades, y todo lo que queda es esperar los trabajos estacionales y oh, siempre queda el bien amado vino, ese que se da tan abundantemente y a tan bajo precio en nuestra querida ciudad.

Pero nadie lo entenderá nunca. Ni siquiera sé si alguien tiene la culpa, o si es malo o bueno. No sé pensar. Y esto es lo que hago cuando me voy solo por ahí: tomo mi lata de spray y pinto algunaImagen015 consigna estúpida en alguna muralla, rompo algún vidrio, le hago un lindo rayón a algún auto con mis llaves. Pasa el tiempo, total a nadie le importa. Y siempre termino solo, mirando la ciudad desde aquella colina, como algunos otros a quienes no conozco. El aire es frío y puro, como otras veces. Pero esta vez, alguien me espera. Toma mi mano, me mira a los ojos y sonríe.

-¿Débora?

Murmura algo. Pero hoy, me ha descubierto, y no estoy para polvos.

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Hichimiro se la juega esta vez por un post largaduración. Promete nunca más volver a dar la lata. De lo contrario será despedida

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viernes, julio 03, 2009

Una persona de mierda CAP11


Pajas Grupales

En este punto de la historia, quiero detenerme, y llamar la atención sobre un punto de suma importancia para mí. Podría decirse que mi vida es una vida de excesos. Claro está, si es que lo miramos desde la óptica común, gente de vidas sencillas, pequeños gustos, pequeñas libertades. Lo concedo. No soy ese tipo de persona y por eso se me considera al menos un excéntrico.

No obstante, existen límites para mí. Hay ciertas cosas, que no soporto. Siento que atentan contra la inteligencia y la personalidad. Una de esas cosas es el porno, o más bien, la gente que ve porno.

Y es bajo esta óptica que debe entenderse esta parte de mi fábula, inicio de la cadena final de sucesos que me trajeron hasta aquí.

La noche de la fiesta, me quedé en casa de Osvaldo, en la cama de su hermana. Pero solo, la muy zorra se fue de la casa esa noche. No la volvimos a ver en mucho tiempo. Cuando me levanté, no había nadie. Fui al living a ver tele. En el mueble habían algunos VHS, y me llamó la atención algunos marcados como "compilados". Los puse. Era porno. Italiano, a juzgar por el sonido. Subí el volumen, por si llegaba algún familiar de Osvaldo. Fui al baño a vomitar.



Al rato sentí llegar gente, pero eran algunos de los chicos que se quedaron despues del "incidente", que habían salido a comprar cervezas. Fumaban marihuana. Repararon en el video de inmediato:

-Chuaaa... la ondita!
-Mansas tetas!
-Ya, la saco...
-¿Estás huevón? Déjala!
-Si, déjala, déjala...

Nos sentamos a ver la película.

Es divertida la situación del porno grupal. A la mayoría de los hombres le produce erecciones inmediatas, que tratan de disimular cambiando de posición, o con la táctica clásica, metiéndose las manos a los bolsillos para acomodarse (disimulada y lentamente) el bulto. Todo el mundo está caliente, pero pocos se atreven a manifestarlo. Es de las cosas más homosexuales que existen. Pero este grupo era distinto. Varios nos conocíamos desde chicos, y varios habían echado competencias del tipo "quién se va cortado primero" o "quién tira el moco más lejos". Esta vez, el Guatón, pervertido habitual, sacó un corto y brillante miembro diciendo:

-"Apuesto que esta morena me saca el moco antes del minuto"

Y sorpresa, se suma Osvaldo y dos más:

-Aprovechar, aprovechar
-A vos no te queda ni pa sonarte

Sonreí, la hermanita milagrosa me había secado hace unas horas. Pero saben que no soy proclive a ese tipo de cosas. Fui a la cocina. Se me ocurrió una idea... Volví al living. 

Ésta es la escena: heme allí, contemplando como 4 borrachos decadentes se pajeaban, al frenético ritmo del porno italiano. Con una bolsa de harina en la mano, sacada de la cocina. Nadie se da cuenta.

Se corre el Guatón, al minuto justo, con un exclamación. Luego otro, y otro, Osvaldo tarda. Pero acaba, justo a tiempo cuando les lanzo harina a sus pantalones. Engrudo instantáneo. Comienzan a putear y a limpiarse. El Guatón se acerca a la puerta, donde el perro de la casa espera moviendo la cola. En cámara lenta, veo al perro acercar la cabeza, oler, sacar la legua, y apresar la longaniza enpolvada, tan generosamente ofrecida.

-PERRO DE MIERDA!!!

Corrimos a socorrer al Guatón. Pero estaba bien. Con una risita nos dijo:

-Déjalo Osvaldo, la chupa mejor que tu hermana, je je je.

Al menos esa vez, el huevón parecía sincero.
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Hichimiro Guajardo riza el rizo, y nos prepara para el final. Nos preguntamos qué será. Sus historias avanzan, pero no parecen ir a ningún lado. Y lo que no va a ningún lado no puede acabar. O sea anorgasmia literaria. Ni más ni menos.

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